LEONTXO GARCÍA
Si un extraterrestre bien informado entrase este fin de semana en los salones del hotel Guadiana de Ciudad Real se llevaría una fuerte impresión, y no sólo por los nombres de las grandes estrellas, sino sobre todo por la mezcla. Anatoli Kárpov, uno de los mejores deportistas de todos los tiempos, cuya apasionante vida (así como la de Víktor Korchnói) inspiró La diagonale du Fou , Óscar a la mejor película extranjera en 1984. Judit Polgar, única mujer en la historia que ha logrado estar entre los diez mejores del mundo. Viswanathan Anand, ‘número uno' tras su brillante triunfo en Linares. Vasili Ivanchuk, quien, como Anand, es uno de los mayores genios naturales que ha dado el ajedrez en más de quince siglos de historia documentada. Alexéi Shírov, el ‘Leonardo da Vinci' del tablero. Y varios jugadores más de superélite, como Shajriyar Mamediárov, 5º del mundo.
Esas son las estrellas. Pero lo que hace que el II Festival Cañada de Calatrava no sea un torneo más de los que juntan cada año a la flor y nata del deporte mental es su argamasa con otros elementos muy variados del cielo de Caissa, la diosa del ajedrez. Grandes maestros de alto nivel que serían los favoritos en muchos otros torneos, pero no en éste, el mejor del mundo en la modalidad de partidas semirrápidas. Profesionales bohemios que necesitan ganar hoy para comer mañana y, sin embargo, han accedido a disputar una competición donde sus probabilidades de cobrar son exiguas. Y, sobre todo, aficionados que residen a cientos de kilómetros, recorridos con la enorme ilusión de dar rienda suelta a la pasión del ajedrez en tan selecta compañía.
Ellos, así como los jugadores de Ciudad Real, son quienes más disfrutan. No se tiene todos los días el placer de convivir muy de cerca –o incluso jugar, si hay suerte- con nombres sagrados, que pasarán a la historia con letras mayúsculas; ni con grandes maestros menos conocidos cuya sabiduría ajedrecística está a años luz de la de un simple aficionado, por mucha pasión que tenga.

Tras una experiencia tan especial uno vuelve a casa liberado del sentimiento de injusticia que los ajedrecistas hemos desarrollado porque el ajedrez no obtiene el reconocimiento social que merece. Una actividad que desarrolla la inteligencia, previene el Alzheimer, puede retransmitirse por Internet con bajo coste, es el deporte más barato y está universalmente extendido sigue en el olvido de muchos –sobre todo, instituciones públicas- que deberían apoyarlo. En la gran mayoría de los casos, por simple ignorancia de que el ajedrez es un gigante silencioso.
Por fortuna, hay emprendedores como Carmelo Vellón, gerente de Inmovell, la firma que junto a Ficampo, y bajo los auspicios del Ayuntamiento de Calzada de Calatrava, patrocina este Festival. Él comprende bien que este patrocinio le otorga presencia, notoriedad y prestigio en la sociedad, como ocurre cuando patrocina cualquier otro deporte. Pero Carmelo, además de empresario, es ajedrecista, y sabe que este patrocinio en concreto vincula la imagen de su empresa con la de la inteligencia. Ojalá hubiera muchos más hombres de negocios y políticos ajedrecistas, practicando con frecuencia una actividad que enseña a pensar. El mundo sería, sin duda, mucho mejor. Por ejemplo, si Bush fuese ajedrecista no hubiera invadido Irak. Pero como eso no podemos arreglarlo nosotros, al menos a corto plazo, disfrutemos de la pasión que nos une, mezclémonos con ardor en un jaque permanente.